Parias y repudiados

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Desde que el romanticismo se convirtiera en objeto de inspiración de las acciones más almibaradas, el cinismo nos protege de la insensatez romántica. Tanto es así que el término romanticismo se ha desvirtuado hasta convertirse en sinónimo de ese amaneramiento artificial y pedante que emperifolla los sentimientos. Es decir, que a medida que la sociedad “avanza”, busca (y encuentra) nuevas fisuras en el espíritu humano que permiten un alivio inmediato de los síntomas románticos antes incluso de haber enfermado.

A poco que uno hable de sentimientos, conducta que se promueve desde las altas esferas de la psicología y desde las bajas de la autoayuda, su propósito será combatido. Siempre encontrará a quien le haga percatarse de su padecimiento y que, cual experto en lobotomía actualizada, le prescribirá grandes dosis de razonamiento lógico, tiempo con los amigos y violencia televisiva. Parece ser que el romanticismo, cuando sale a pasear de la mano del dolor, se cura con una actitud despreocupada que enmascara la causa de esta considerada afección. En cambio, al igual que el resto de perjudicados por cualquier otra patología crónica, los verdaderos románticos buscan sólo un paliativo, conscientes de que para lo suyo no existe cura conocida.

El romanticismo está en decadencia. Los afectados se ven obligados a ocultarse en las sombras de la noche que, cada cierto tiempo, les permiten mostrarse tal y como son, sin la amenaza de miradas ajenas o juicios que, de darse, exigen ser acallados con alguna excusa. No es de extrañar, sin embargo, que un mero observador externo malinterprete las señales que delatan a un romántico. La mayoría los confundirá con los flojos, blandengues y pusilánimes. Otros tantos lo harán con los cursis y ñoños. Y los auténticos cínicos no encontrarán diferencia alguna entre un romántico y un iluso soñador.

Los románticos son, por tanto, unos repudiados que sufren en silencio y esconden su dolor allí donde nadie pueda encontrarlo. Esto sucede cada pocos años cuando a algún genio de la creatividad y del mercantilismo barato se le ocurre que es momento de renovar el concepto moderno de romanticismo y desacreditar lo poco que quede de integridad emocional en el individuo. Por eso el romanticismo es un virus que se transmite en la intimidad, allí donde la sensibilidad no puede ser confundida con sensiblería y donde ser frágil no se considera flaqueza o debilidad. En este sentido, el verdadero grupo de contención es el formado por muchos hombres que desde su nacimiento recibieron la influencia de otros cínicos de su entorno a quienes les inculcaron aquello de “los chicos no lloran”, y se lo creyeron, y más o menos funcionó hasta que tiempo después aquella ausencia de lágrimas originó una enfermedad más persistente de la que nadie les había hablado. Ya saben, eso de la soledad.

Y en este punto nos encontramos ahora, a medio camino entre la explotación viral de los sentimientos más profundos y la ocultación absoluta de la verdad, apuntalando los confines del alma como unos parias, dilapidando cualquier expectativa que nos acerque al desarrollo de las pasiones personales, esclavizando lo que nos hace sutiles y delicados.

Fuera de onda

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Quiera uno o no quiera, ahí está, no pasa desapercibida, no se puede ignorar, como un mosquito infernal que “ameniza” las noches veraniegas con el mejor de sus conciertos entre las sábanas en pos del insomnio: la información no solicitada.

En principio, al igual que se diría del mosquito, cumple una función primordial que va más allá de su conducta actual. Es el eslabón de un infinito sistema mucho más complejo y extenso. Y esa es la cuestión: la infinitud, porque, lejos de convertirse en una ventaja, toda la información que campa a sus anchas en la pantalla de mi ordenador impide la reflexión lógica que algunos mortales seguimos necesitando con el fin de comprender algo. Y poco importa que uno incluya filtros anti-spam o evite clicks en contenidos indeseados. Cuando cierro Facebook, aparece MSN y me amenaza con su metralleta de coloridos contenidos. Estar al día es imposible e intentar estarlo resulta agotador y estresante. La única forma en la que uno consigue retomar con cierta dignidad el arte de la lectura virtual es la búsqueda individualizada de información y aún así salimos mal parados, como sucede con el mosquito cuando, tras largos minutos de intensa frustración, a uno se le ocurre la genial idea de levantarse de la cama, encender la luz y acabar con él de una vez por todas. Lo dicho, no hay garantías.

Sin comerlo ni beberlo, nos hemos sumergido en un universo paralelo en el que nosotros mismos fingimos ser otras personas. Perfiles condicionados, fotografías retocadas al extremo, información de dudosa credibilidad… Todo está bien visto desde que las empresas utilizan la red como fuente de información de los candidatos a un puesto de trabajo. En este sentido, aparece lo que he terminado por denominar el superego cibernético, ese ‘yo’ virtual del que es imposible deshacerse y que nosotros mismos hemos creado a lo que consideramos nuestra imagen y semejanza. Un enorme escaparate virtual que indica todo lo que se tiene, se quiere y se debe saber, y lo que no también. Es de lo más fácil saber la música que le gusta a alguien, dónde estaba el viernes pasado, a qué ofertas se ha inscrito, cómo se llama su gato y la cara que puso cuando le dieron un regalo de cumpleaños en 2010. Ahí está todo, nuestro diccionario enciclopédico personal. Ya no tiene gracia conocerse poco a poco. Está pasado de moda dedicar cierto tiempo a leer algo cuando puede comprimirse en ‘x’ caracteres. Paradójicamente, en tiempos de emprendedores está mal vista la más personal de las inversiones, y ay de aquel que ose escribir una carta manuscrita para alegrarte el buzón, recordar un número de teléfono de memoria, preguntar cómo se llega a algún sitio sin navegador móvil o llamar desde una cabina de teléfono. Hemos creado una generación en la que un grupo de música con dos álbumes considera tener “clásicos” o grandes éxitos entre sus temas y cualquier cosa queda obsoleta pasada unos meses.

Es decir, que a más información (y aquí hay que puntualizar que hablamos de más cantidad, mayor actualización y mayor variedad), menor valoración real de las cosas. Porque nunca más fue mejor por necesidad. Los conceptos de lo anticuado se aplican a partir de los conceptos de lo moderno. Lo moderno es el e-book, que no está mal (para gustos, los colores), salvo porque se pierde el olor de los libros y el afán conservacionista de éstos. Lo moderno es la fotografía digital, que no está mal, salvo porque se pierde la naturalidad de una foto movida, la sorpresa de la foto inesperada y la intriga de cuántas saldrán de entre todas las realizadas. Lo moderno es el e-mail, que no está mal, salvo por la frialdad de un texto con tipografía determinada y salvo por la dedicación que requiere una carta escrita a mano sin tecla de borrar. Una y otra vez, todo lo que nos rodea requiere de una innecesaria (a menudo bastante inútil) actualización a corto plazo. Es por ello que, ante una oferta de trabajo como periodista y escritora, me encuentro con una demanda imposible de programas informáticos y redes sociales a las que uno debe estar adscrito. Facebook, Twitter, LinkedIn, Instagram, Flickr, Tumblr. Si no estás ahí, es como si no existieras. “¿Me envías esto por WhatsApp?”… “Pásamelo por Facebook”… “¿Que no sigues a fulanito en Twitter?”. Este tipo de conversaciones son una constante al hablar de trabajo. Sigo a la espera de que alguien confirme que, como periodista, sé realizar una entrevista, escribir una noticia, preparar un reportaje, hacer una reseña, elegir un buen encuadre de foto o crear un buen vídeo (eso el programa no lo enseña). Sigo a la espera de que, como escritora, alguien me diga que es suficiente con escribir correctamente, ser creativo, tener una buena idea y llevarla hasta el final, y que si es bueno será un producto cultural en el mercado del mañana. Al parecer, todo eso no importa, nadie se lo cuestiona. Lo importante ahora es estar en todas partes, engullir todo tipo de información sin procesado y fingir que ése que uno muestra es uno mismo y no quien quiere ser o quien cree ser. Mostramos versiones edulcoradas de nosotros mismos. Nos hemos adulterado. El mosquito cojonero de la información nos ha vencido y, tras pelear con él, le hemos cedido la cama y hemos terminado durmiendo en el sofá.

Puede que sí, que esté fuera de onda (el colmo del periodista) pero ahí sigo, peleando por cada tilde, ajustando cada locución, creando nuevos personajes y nuevas historias porque ésta no me gusta.

ENG – What Mad Men’s characters have in common (1st season)

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism, Teatro y Cine - Drama & Film

For some reason there’s always a cause for not seeing a television show the first time you heard about it. It might be the same one that makes me avoid reading a book I’m already interested of when it’s fashionable at the moment. I always take my time to escape from all those comments that can influence me for and against the work before having the chance of seeing it for myself. That happened to me with Mad Men, another show everybody’s talking about.

I’ve been thinking about these characters for the last week trying to figure what they have in common and why they always looked so stressed and sad, moving in circles. I’m convinced there’s much more than this, deep in the bright darkness they seem to live. That’s why it took me so long to locate the light that guides me into the distinctive trait flying over the heads of these fictional publicists and their world. The enduring sentence making them feel half alive is frustration. Otherwise why do they live in that glamorous environment of the early sixties in the United States, proper to a romantic novel, and are seen miserable as much as their past was? The idea of thriving is a constant goal. From the housewives to the political leaders, who walked on the thin line between the social progress and the capitalistic revolution, to the clients of Sterling & Cooper and the creative executive’s team, all of them feel the pressure of not losing themselves for different purposes.

In this way, there is someone who apparently doesn’t feel the need to be different. This is Helen Bishop, a divorce woman who moved into the Draper’s neighborhood to act as the nemesis of Betty Draper. But even though, at some point Helen drifts by a foggy consciousness of her mother role when her son gets obsessed with Mrs Perfect. In this first season everything pretends to be much more than it is and that’s what makes this show a price jewel at the broadcast scheduling. Under the appearance of a good looking life, the real life collapses letting us glimpse an unstable house of cards, catching us in a sophisticated amber trap on which we can knock down our skeptical mask of viewers-too-used to-great-shows of these days.

But, as any house of cards, just a single little breeze and any unfortunate movement supposes an earthquake of massive proportions. That’s when Cubik’s rube turns into The Butterfly Effect. That’s what we’re waiting for after a beautifully orchestrated begin.

La estrategia publicitaria de Dios

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Esta tarde me he topado con uno de esos señores que reparten panfletos sobre La Biblia. Al llegar a mi destino, el conserje que me ha abierto la puerta me ha sugerido, tras intercambiar un par de frases, que todavía estaba a tiempo de ser católica. Me pregunto si Dios tiene publicistas más eficientes que los jefazos de Mad Men y si todos se han propuesto perseguirme hasta que compre. No comprenden que es imposible convencer a alguien de hacer negocios si previamente le han devaluado como cliente insistiendo en que irá al infierno.

This afternoon I ran into one of those gentlemen who handed out pamphlets about The Bible. When I arrived to my destination, the caretaker who opened the door suggested, after exchanging a couple of sentences, that I was still on time to make myself a Catholic. I wonder if God has more efficient advertisers than the Mad Men‘s big shots and if all of them agreed to follow me until I buy. They don’t understand that it’s impossible to convince someone to do business if previously you’ve devalued him as a customer by insisting on him going to Hell.

 

Hechos de papel

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Conozco a alguien que sale a la calle vestido de algodón, como si el azote del condenado viento le soplase y se esparciera todo él en tiras y tiras de hilos invisibles. Pero últimamente ha debido de cambiar su estilo. Lo percibo cuando, al mirar ese fondo aparente de edificios y antenas a lo lejos, el aire se saborea viciado, sin dulzura alguna, y ya no se posa suave en los alrededores.

Durante las nieves de los últimos días tenía la esperanza de que los copos diminutos trajeran algo de su delicadeza pasada pero no cuajó. Tan sólo pude percibir la soledad contundente con la que se pisa la sal de las aceras, el temor a caer por la prisa y lo doloroso del invierno a veces. Puede que con la primavera vuelva a vestirse su atuendo habitual de azúcar sonrojado de feria.

Entre tanto, busco otros héroes que combatan a los villanos urbanos, ésos que acostumbran a vagar con la alegría del que sale victorioso sin haber peleado. Y en la amalgama de prendas inusitadas y fashionistas desiguales encuentro personalidades de materiales insólitos. Ahí va la señora de pana, tan aguerrida como desgastada, cansada de que le digan que ya no vale para nada, que está pasada de moda. Allá el hombre de agua, exprimido tantas veces por quienes terminan por lavarse las manos en su cara llegado el caso. Observo también a los niños de paja, poco valorados y moldeables, el bastión de un mundo a la expectativa que no les ofrece nada. También al tonto vestido de sueños, al loco desnudo, al del traje esperanza; al torpe de cuadros que se viste a rayas. Al prudente del chándal.

Pero una vez más la glamurosa ficción nos atrae con su hombre de hierro, de hielo, de araña, con su moda invencible de materiales costosos. Y, ante eso, poco podemos hacer los de papel sin estraza porque el papel se resquebraja a poco que lo mojes o lo quemes, se agrieta a poco que lo arrugues, cambia a poco que escribas en él, como las personas reales.

La culpabilidad del parado

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

El lenguaje es un impostor que se cuela en nuestro discurso al abrigo de un argumento válido cuando caen chuzos de punta. Se debe estar muy atento para no terminar aceptando como válidos términos inapropiados en contra de la realidad y de nuestro criterio. Uno de esos términos malditos del castellano es la palabra ‘parado’ como sinónimo de desempleado.

Se entiende así al sujeto que está inactivo, fuera de una onda social expansiva de movimiento laboral. Sin embargo, cualquiera que haya estado sin trabajo coincidirá en que no existe una tarea más tediosa que la búsqueda de empleo y que resulta tan necesario como frustrante el acuerdo entre el ineficaz servicio de empleo estatal y los agentes inaccesibles del sistema privado.

No se habla de la culpabilidad del parado, ésa que, a la contra de quienes sacan el dedo a pasear y señalan las decisiones ajenas, sufren quienes están en continuo movimiento sin obtener resultados. De hecho, surge a raíz de una exhaustiva indagación en la red, de múltiples visitas a las agencias de empleo, de los envíos masivos de emails y de intentarlo todo una y mil veces teniendo en cuenta cada idea y sugerencia aportada que pudiera servir. Al silencio del teléfono y la ausencia de contestación, a los rechazos a través de la pantalla y los sellos en el justificante de demanda, sigue la culpa, la sensación de no haber hecho algo bien en el pasado o de no estar haciéndolo en el presente. Un enemigo que lucha a cara descubierta. No son pocos los trabajos que el parado tiene que rechazar porque no logra que las cuentas cuadren; el mismo número  que simboliza las veces que se pregunta a sí mismo si estará haciendo lo correcto. ¿Cómo rechazar un trabajo si estamos desempleados y llevamos meses, e incluso años, esperando esa oportunidad? Es sencillo. Perder una prestación o la antigüedad en el INEM (hoy SEPE) por un trabajo de cuatro horas semanales es del todo contraproducente. Pero eso nadie te lo explica.

Y cuando pasa el tiempo, empeora; es un hecho. Ya no puedes acudir con alegría a una entrevista (milagro entre los milagros si la consigues). Deberás plantearte cómo pagar el transporte para desplazarte hasta allí y dónde imprimir un currículum a módico precio. Tampoco puedes decir que acabas de quedarte sin empleo porque no es cierto. Y, por algún motivo que no alcanzo a determinar, surge también una extraña vergüenza. Ya no sabes qué confía oír el entrevistador o qué sería justo admitir cuando preguntan qué esperas de ese trabajo. Aprendes, por tanto, que todo es una danza, una farsa, que no basta con serlo sino que además debes parecerlo.

No comprendes que cualquier cosa sea mejor que nada y esto también te hace sentir culpable porque esa afirmación encierra un espíritu de axioma con sentido común, pese a que hayas aprendido que no es cierto y que muchas de las supuestas vacantes que proliferan en los tablones de empleo a modo de gran ocasión serán sinsentidos que, de no andarte con ojo, te harán perder aquello que no puedes permitirte: el dinero, y la prestación si la cobras.

La televisión y los medios también te quitan la razón. Se puede ser un auténtico estafador y vivir del cuento. Se puede. Se puede ganar dinero y vivir sin dar palo al agua. Puedes, por ejemplo, ser concursante en un reality, un político corrupto, un ladrón moderno de guante blanco sin prejuicios ni pudor. Poderse se puede, es cierto. Pero no estás dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero, lo que te honra pero no sientes que te exima. Por eso siempre parece que nada es suficiente, porque todo es una trampa; una losa en medio de la jungla asfáltica que siempre conocen quienes se han visto obligados a tragarse su amor propio, sus convicciones, su integridad; una trampa para quienes aceptan que los años invertidos no siempre dan sus frutos o que uno puede plantar olmos por doquier para que le terminen pidiendo peras; una prisión, en definitiva, para quienes tienen que aceptar que su vida se ha visto reducida a la pura supervivencia.

Así se acabaron los sueños. Así educamos a nuestros hijos, diciéndoles que podrán ser lo que quieran, que todo es cuestión de esfuerzo, que no lo consiguen quienes no lo intentan y que, quienes lo hacen, obtendrán su recompensa. Así, mintiendo.

Respeto. Y todo lo que no lo es.

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

No quiero tu respeto porque no es un deseo. No lo pido porque no es algo que se pueda otorgar o no a placer. No lo reclamo como algo que se me debe y que, por tanto, me cobro. No lo solicito porque si tengo que solicitarlo deja de ser respeto, ni lo espero porque si cabe la espera también cabe la no realización.

El respeto es, de por sí, una exigencia que parte de uno para consigo mismo, un hecho que se traslada al resto y un derecho compartido. Nos enseña quiénes somos. Nos demuestra quiénes son los demás. Nos abre caminos y nos ayuda a cerrar puertas.

Amanecer en Hollywood

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Estos americanos… (Y cada día mayor número de españoles televisivos).

Me maravilla observar cómo en cada película y, sobre todo, en cada serie, las actrices se lavan los dientes antes de irse a dormir pero no se desmaquillan. Es decir, que incluso antes de los sueños hay que ser una princesa; nada de dejar la babilla colgando sobre la almohada y tampoco nada de despertarse con cara de pocos amigos, legañas y otro tipo de “incongruencias” poco adecuadas por la mañana.

Unos cereales, un zumo, unas tostadas, un café (aunque la actriz en cuestión tenga trece años) y, por supuesto, no tomar nada porque no tienes tiempo de desayunar (andarán desmaquillándose por la mañana, digo yo). Como mucho, salir por la puerta con la tostada o el panecillo de turno en la boca. Y eso que se levantan a las seis de la mañana.

La vida objeto

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Esto es gran parte de lo que encuentro en los perfiles de Facebook (menos mal que no tengo Twitter ni Instagram):

1. Yo.
2. Yo con una amiga.
3. Yo con una amiga en la puerta de una cafetería “x”.
4. Cartel de la cafetería “x”.
5. El café que nos estamos tomando mi amiga y yo en la cafetería “x”.
6. El ticket que demuestra lo que nos han clavado a mi amiga y a mí en la cafetería “x” por tomar un café.
7. Salida sonriente por la puerta de la cafetería “x” mi amiga y yo.
8. Abrazo de despedida entre mi amiga y yo.
9. Cartel de la estación de metro en la que nos despedimos mi amiga y yo.
10. El vagón de metro de vuelta a casa después de la despedida entre mi amiga y yo.

*** El colmo: Alguna anotación del tipo “Haber (escrito sin pudor) cuando repetimos”.

¿Te parece interesante mi comentario? ¿No? A mí tampoco.

Lo moderno

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Lo moderno se lleva, se palpa, se busca. Y esta búsqueda de la modernidad es lo que realmente preocupa en un momento en el que lo moderno es ante todo una reinvención, el eclipse parcial de un tiempo no tan lejano. Lo moderno ya no es nuevo.

Como esas prendas viejas que se re-etiquetan, se aprecia un intento de segundas partes en un afán comercializador y poco sincero. No se trata de homenajes a un pasado mejor ni copias malogradas que evidencian su impostura. Esta nueva modernidad deja tiritando cualquier tributo sofisticado. Hablamos de secuelas de lo extraño y lo bizarro envasadas para el fácil consumo y dispuestas en las estanterías de un siglo nuevo algo avanzado en años.

Por estas fechas, en el siglo pasado ya había comenzado la Primera Guerra Mundial y faltaba poco para la caída de los grandes imperios, el cine daba sus primeras muestras como séptimo arte, el mundo entero comenzaba a sucumbir a una revolución en ciernes. Desde entonces ha llovido, sobre todo tecnología, pero los cambios a gran escala demuestran deficiencias. Las grandes desigualdades siguen pastando a sus anchas y los poderes y su concéntrica red de redes han variado poco, mal o nada. El planeta se ha convertido en un lugar pequeño y lejano. Las calles de Haití parecen estar aquí al lado pero África es otro continente.

Parecería demagogia (estaría bien que lo fuera) si no tuviéramos entre manos el futuro inminente de todo lo que nos rodea y el de nuestra propia especie. Por eso escandalizan la inversión en Defensa y la ausencia de compromiso en Educación, los discursos manidos retransmitidos por las repetitivas cadenas privadas y públicas, la cama que nos hacemos y en la que dormimos placenteramente. Todo rezuma cierto olor a naftalina aireada, a viejo equivocado y nuevo a cualquier precio. No se salvan las zapatillas deportivas con cuña incorporada, los mensajes virales como cartas de las que pende el destino o la coalición de enemigos cuando vienen mal dadas.

Así tomado es como despertar de un mal sueño en un mundo post-apocalíptico en el que no queda nada bueno del pasado pero sobreviven la chatarra que nos devuelve el espacio, las cucarachas colosales y el medio limón seco de la nevera.

¿Qué hacemos con esto? La cuestión no es -resulta evidente- quedarse con lo puesto. La duda que me perturba parece más inquietante: ¿Volverá aquello de lo que tanto costó deshacernos?