Serenata del 3 de enero de 2009

Cartas - Letters, Narrativa - Narrative, Serenatas

Las olas crepitan en el fuego de un océano encendido sin pasión pero con descaro.

Imagino el sonido de la espuma al llegar a la playa y la brisa helada de enero buscando refugio entre la arena intacta y desierta, apenas alguna roca o concha, apenas alguna huella inoportuna. Puedo, si me lo propongo, escuchar el susurro del mar rasgando infinitamente las costas de tierra y hasta aquí llegan su lamento y su denuncia y te nombran las algas flotantes. Tengo en la boca un dulce sabor salado, y parece reírse mi paladar condescendiente. Advierto la sonrisa de mi rostro que me recuerda que esto ya lo he vivido y también entonces supo a poco. Casi puedo rozar con la punta de los dedos las gotas que salpican si me baño en tu primera imagen y ese beso se proyecta a cientos de kilómetros que no puedo recorrer. He olvidado tu rostro, la noche embriagadora, las luces encendidas.

Y hoy, agotados con otros hombres el disfrute y sollozo, te pienso absurdamente sabiendo que la tierra no se te ha tragado. Escucho tu triste rompeolas en algún lugar lejano y yo también rompo contra las rocas con el oleaje escandaloso de quienes están a punto de darse por vencidos o muertos.

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Serenata del 17 de octubre de 2008

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Tu tens el mar

Esta casa tiene tantos rincones como tú, parece un enorme barco que en ocasiones zozobra, en el que en ocasiones me mareo. Miles de puertas, cientos de ventanas por las que asomarse afuera y -¡aún!- no he aprendido cómo asomarme adentro.

Y, cuanto más me acerco al invierno, más calor guarda; un sinsentido como tú, que no dejas que me aleje del todo pero me combates.

Telarañas centenarias demuestran que otros la habitaron antes que yo. Una casa sin tejado con vistas a la ciudad. Al menos se ve lo más cercano, también como tú. O puede que no. Tú tienes el mar.

Serenata del 21 de septiembre de 2008

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Otro que se muere, otro que nos castiga.

El vacío de un dolor que ya no existe es la pesadumbre del que no confía en volver a sentirse dolido. Somos todos los que dejaron aquí, en esta tierra que no escucha, con estos golpes que ya no suenan. El resplandor de la noche llama a la puerta como una puta no invitada, y el jilguero de la mañana que canta y nos despierta nos trae a la tierra una realidad desesperada. De los amantes que hablan, de los ardores incontrolables, resucitan nuestras conciencias sin electricidad para moverse y sin ruido. Resurgen poco a poco, a pasos lentos, sin ansia, sin pasión, controladas. Eso no es el cielo, ésos no son nuestros corazones. Quién quiere tener un alma tímida o corear en voz baja. Son sólo impulsos, lamentos infructuosos que no responden al consuelo.

Ah, quiero el mar, quiero un arranque de olas con espuma, algas y arena, el frío húmedo… quiero volver a dormirme. La soledad duerme conmigo y me acompaña, no duermo sola, sin espalda que acariciar y con un leve susurro que me repite “sigue corriendo, sigue corriendo, pero durante unas horas yo mando, yo elijo, y el sueño me lleva y no corro. La luz hace daño a presos y a insomnes pero no a los ciegos. La fe hace daño a los soñadores pero no a los ciegos. El dolor es plausible, sabor a piel quemada y mentes vagabundas que no piden nada ni mendigan como yo ahora mendigo tiempo y el amor de ser en otro, y estar vivo.

Serenata del 7 de agosto de 2008

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Cada día es la víspera de que vengas,

Un incierto pasar las horas que te anteceden,

La vista de las cosas que no ves,

El conjunto de objetos que existen sin ti.

No terminas de llegar -y poco a poco no me importa,

Respeto tu sencillez al estar y no aquí

Y la mía estando con otros que no ocupan tu nombre

Porque cuando vuelvas yo ya estaré al otro lado.

Sin la paciencia necesaria para que todo suceda,

Me sucedo a mí misma hasta que tú me encuentres

Resuelta en miradas ajenas en las que no estabas

Mientras yo respetaba tu sencillez de estar en otros.

No acerques un abrazo desenvuelto,

Ni un beso de torpe costumbre.

Mis besos se habrán marchado.

Ese abrazo no será nuestro.