Estimada Emilia – Carta a una vieja amistad

Cartas - Letters

Estimada Emilia,

Nuestra amistad se forja a base de contradicciones, soy consciente de ello. No puedo, sin embargo, evitar preguntarme si no es ése, precisamente, el sustento real de la reciprocidad con la que nos tratamos, si no son las diferencias las que no obligan a ponernos en contacto con nosotros mismos a través de disensiones ajenas. Como sabe, lo contrario y lo opuesto no son de necesidad lo mismo.

He sabido de su rígida opinión acerca de la cotidianeidad de los días pero también de su mirada a la monarquía, la capilla y la voluntad femenina. Sepa usted que no tengo intención alguna de hacer que cambie su posición. Este acercamiento hacia su estimación del mundo actual, contraria a la mía hasta límites que harían dudar de los motivos de nuestro mutuo afecto, como ya acertase a decirme en una ocasión, supone, o esa es mi pretensión, un afianzamiento de mis propias constantes que cada tanto deben ser enjuiciadas por mí misma a través de otros ojos, confiando en que pasen la prueba del tiempo. Es pues el motivo de escribirle un acto egoísta en esencia, pero no dude por ello que escucho con atención sus motivos y trato de entender lo que de ellos se desprende con el máximo respeto.

Confío en que algún día, puede que no tan lejano, comprenda que el pasado y el futuro se forjan de igual manera, con la entereza de los vencidos e incomprendidos, de los que se consideraron entonces locos y visionarios a destiempo. Sólo así cambian las leyes que dignifican eso que llaman “patria” los que no la inventaron.

Ansío su respuesta. Acordará conmigo en que se aprende más de los contrarios. Adversarias dialécticas y espirituales. Hermanas a una carta de distancia y en la comprensión de que la otra es alguien más que lo que es para una misma. Es otra, es ella. Usted es usted, como yo soy yo, y en ello encuentro cierto equilibrio incluso cuando el desasosiego asoma tras la confirmación de su conservadurismo y la ausencia de mi propia fe.

Aquí me despido como otras veces. Le dejo mi lealtad a su propia reflexión, por si pudiera necesitarla en los fríos días venideros.

Con gratitud y cariño,

Clara


Escrita a Martina, mi ficticia Emilia, con fecha de 9 de octubre de 2014.

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Serenata del 3 de enero de 2009

Cartas - Letters, Narrativa - Narrative, Serenatas

Las olas crepitan en el fuego de un océano encendido sin pasión pero con descaro.

Imagino el sonido de la espuma al llegar a la playa y la brisa helada de enero buscando refugio entre la arena intacta y desierta, apenas alguna roca o concha, apenas alguna huella inoportuna. Puedo, si me lo propongo, escuchar el susurro del mar rasgando infinitamente las costas de tierra y hasta aquí llegan su lamento y su denuncia y te nombran las algas flotantes. Tengo en la boca un dulce sabor salado, y parece reírse mi paladar condescendiente. Advierto la sonrisa de mi rostro que me recuerda que esto ya lo he vivido y también entonces supo a poco. Casi puedo rozar con la punta de los dedos las gotas que salpican si me baño en tu primera imagen y ese beso se proyecta a cientos de kilómetros que no puedo recorrer. He olvidado tu rostro, la noche embriagadora, las luces encendidas.

Y hoy, agotados con otros hombres el disfrute y sollozo, te pienso absurdamente sabiendo que la tierra no se te ha tragado. Escucho tu triste rompeolas en algún lugar lejano y yo también rompo contra las rocas con el oleaje escandaloso de quienes están a punto de darse por vencidos o muertos.

Serenata del 17 de octubre de 2008

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Tu tens el mar

Esta casa tiene tantos rincones como tú, parece un enorme barco que en ocasiones zozobra, en el que en ocasiones me mareo. Miles de puertas, cientos de ventanas por las que asomarse afuera y -¡aún!- no he aprendido cómo asomarme adentro.

Y, cuanto más me acerco al invierno, más calor guarda; un sinsentido como tú, que no dejas que me aleje del todo pero me combates.

Telarañas centenarias demuestran que otros la habitaron antes que yo. Una casa sin tejado con vistas a la ciudad. Al menos se ve lo más cercano, también como tú. O puede que no. Tú tienes el mar.

Serenata del 21 de septiembre de 2008

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Otro que se muere, otro que nos castiga.

El vacío de un dolor que ya no existe es la pesadumbre del que no confía en volver a sentirse dolido. Somos todos los que dejaron aquí, en esta tierra que no escucha, con estos golpes que ya no suenan. El resplandor de la noche llama a la puerta como una puta no invitada, y el jilguero de la mañana que canta y nos despierta nos trae a la tierra una realidad desesperada. De los amantes que hablan, de los ardores incontrolables, resucitan nuestras conciencias sin electricidad para moverse y sin ruido. Resurgen poco a poco, a pasos lentos, sin ansia, sin pasión, controladas. Eso no es el cielo, ésos no son nuestros corazones. Quién quiere tener un alma tímida o corear en voz baja. Son sólo impulsos, lamentos infructuosos que no responden al consuelo.

Ah, quiero el mar, quiero un arranque de olas con espuma, algas y arena, el frío húmedo… quiero volver a dormirme. La soledad duerme conmigo y me acompaña, no duermo sola, sin espalda que acariciar y con un leve susurro que me repite “sigue corriendo, sigue corriendo, pero durante unas horas yo mando, yo elijo, y el sueño me lleva y no corro. La luz hace daño a presos y a insomnes pero no a los ciegos. La fe hace daño a los soñadores pero no a los ciegos. El dolor es plausible, sabor a piel quemada y mentes vagabundas que no piden nada ni mendigan como yo ahora mendigo tiempo y el amor de ser en otro, y estar vivo.

Serenata del 7 de agosto de 2008

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Cada día es la víspera de que vengas,

Un incierto pasar las horas que te anteceden,

La vista de las cosas que no ves,

El conjunto de objetos que existen sin ti.

No terminas de llegar -y poco a poco no me importa,

Respeto tu sencillez al estar y no aquí

Y la mía estando con otros que no ocupan tu nombre

Porque cuando vuelvas yo ya estaré al otro lado.

Sin la paciencia necesaria para que todo suceda,

Me sucedo a mí misma hasta que tú me encuentres

Resuelta en miradas ajenas en las que no estabas

Mientras yo respetaba tu sencillez de estar en otros.

No acerques un abrazo desenvuelto,

Ni un beso de torpe costumbre.

Mis besos se habrán marchado.

Ese abrazo no será nuestro.

 

Cartas a K – Quinta carta

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Querido K,

 

Hace días que no salgo al mundo. El ruido y la luz resultan demasiado molestos y reales. No sé por qué las personas no nacemos con caparazón cuando sólo nuestra piel supone nuestra casa y somos lo único que nos contiene. La piel de mi pecho se ha vuelto más fina. Se nota a simple vista cómo palpita el corazón, ese arma de destrucción masiva que lleva a los hombres a la locura de pensar que ha de pertenecerle a otro.

Últimamente no escribo. Apenas avanza mi imaginación, eso que llaman musa para echarle la culpa a otro de nuestra falta de creatividad o talento.

Soy consciente del tiempo, del reloj, del calendario. Me angustia y cansa la idea de no llegar a comprometerme del todo, de claudicar en la voluntad de terminar lo que he comenzado a escribir. Y, sin embargo, aquí te dejo. No porque no quiera escribirte. Ya ves que no puedo.

Cartas a K – Cuarta carta

Cartas - Letters, Narrativa - Narrative

Querido K,

 

Podría parecer que al estar solo la noche no contempla compañía alguna pero la lectura de algún verso y la música de piano me traen la conversación que busco en personas que no existen.

Los días en la calle se hacen agotadores. El paseo hasta la esquina parece una promesa que debiera cumplir con alguien. Me repito muchas veces, me reconozco en los mismos lugares y cualquier interacción fortuita con otros suena a ecos de viejas conversaciones y fotografías que no conservo pero que guardo en la memoria. Igual que los años, todo se sucede sin novedad ni sorpresa. La inercia de estar aquí comienza a cansarme más de lo debido. Lo sé porque, como te digo, ya he vivido esta certeza. Aunque algunas respuestas no se han manifestado, en mi afán de seguir preguntando encuentro algo de placer, superior al de cualquier resolución si es que existe tal cosa.

Tal vez deba marcharme a algún lugar. En el fondo sé que cualquier ciudad será como esta ciudad. Gentes, ruidos y cuadros.

Si pudiera no abandonaría este escondite de paredes. Me quedaría entre las páginas en blanco sin mayor necesidad ni alimento. Lo sé, ambos sabemos de auto-indulgencia y del regocijo de la compasión por uno. La cabeza me responde a sacudidas de golpes. Espero poder escribirte mientras me lo permita el dolor. Hasta entonces seguiré aquí, creo. Al menos un poco más, si encuentro las palabras.