Serenata del 21 de septiembre de 2008

Cartas - Letters, Narrativa - Narrative, Serenatas

Otro que se muere, otro que nos castiga.

El vacío de un dolor que ya no existe es la pesadumbre del que no confía en volver a sentirse dolido. Somos todos los que dejaron aquí, en esta tierra que no escucha, con estos golpes que ya no suenan. El resplandor de la noche llama a la puerta como una puta no invitada, y el jilguero de la mañana que canta y nos despierta nos trae a la tierra una realidad desesperada. De los amantes que hablan, de los ardores incontrolables, resucitan nuestras conciencias sin electricidad para moverse y sin ruido. Resurgen poco a poco, a pasos lentos, sin ansia, sin pasión, controladas. Eso no es el cielo, ésos no son nuestros corazones. Quién quiere tener un alma tímida o corear en voz baja. Son sólo impulsos, lamentos infructuosos que no responden al consuelo.

Ah, quiero el mar, quiero un arranque de olas con espuma, algas y arena, el frío húmedo… quiero volver a dormirme. La soledad duerme conmigo y me acompaña, no duermo sola, sin espalda que acariciar y con un leve susurro que me repite “sigue corriendo, sigue corriendo, pero durante unas horas yo mando, yo elijo, y el sueño me lleva y no corro. La luz hace daño a presos y a insomnes pero no a los ciegos. La fe hace daño a los soñadores pero no a los ciegos. El dolor es plausible, sabor a piel quemada y mentes vagabundas que no piden nada ni mendigan como yo ahora mendigo tiempo y el amor de ser en otro, y estar vivo.

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