Noche de autos

La noche de autos morí un poco, desperté un poco también por el dolor de morirme. Recuerdo el debate de estertores disputándose soplos fugaces de mi escasa alegría, arañados uno a uno hasta que él hizo su entrada. Un monstruo lento que atormenta la cuerda agonía del que se sabe loco vino para consumirme con su látigo implacable y ofendió a su pasión que me rindiera tan pronto. Siempre supo deleitarse con mi cuerpo torcido entre tormentas hasta hacerme no ya suya sino él. Él, un dolor más respetable que la muerte, uno que rabia y decide a la presa más inútil, uno que aniquila cualquier clase de belleza, incluso aquélla tan extraña que esconden ciertos dolores, una tortura excepcional cuya única estrategia es sacrificar partes de ti a la espera de que se recompongan para volver a por ellas.

           ‘The monk by the sea’ -C.D. Friedrich-

Y en esa noche de autos, que ya son muchas, en la que sólo fui uno con mi propio dolor, no hubo piedad pero tampoco mentira.

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