Fuera de onda

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Quiera uno o no quiera, ahí está, no pasa desapercibida, no se puede ignorar, como un mosquito infernal que “ameniza” las noches veraniegas con el mejor de sus conciertos entre las sábanas en pos del insomnio: la información no solicitada.

En principio, al igual que se diría del mosquito, cumple una función primordial que va más allá de su conducta actual. Es el eslabón de un infinito sistema mucho más complejo y extenso. Y esa es la cuestión: la infinitud, porque, lejos de convertirse en una ventaja, toda la información que campa a sus anchas en la pantalla de mi ordenador impide la reflexión lógica que algunos mortales seguimos necesitando con el fin de comprender algo. Y poco importa que uno incluya filtros anti-spam o evite clicks en contenidos indeseados. Cuando cierro Facebook, aparece MSN y me amenaza con su metralleta de coloridos contenidos. Estar al día es imposible e intentar estarlo resulta agotador y estresante. La única forma en la que uno consigue retomar con cierta dignidad el arte de la lectura virtual es la búsqueda individualizada de información y aún así salimos mal parados, como sucede con el mosquito cuando, tras largos minutos de intensa frustración, a uno se le ocurre la genial idea de levantarse de la cama, encender la luz y acabar con él de una vez por todas. Lo dicho, no hay garantías.

Sin comerlo ni beberlo, nos hemos sumergido en un universo paralelo en el que nosotros mismos fingimos ser otras personas. Perfiles condicionados, fotografías retocadas al extremo, información de dudosa credibilidad… Todo está bien visto desde que las empresas utilizan la red como fuente de información de los candidatos a un puesto de trabajo. En este sentido, aparece lo que he terminado por denominar el superego cibernético, ese ‘yo’ virtual del que es imposible deshacerse y que nosotros mismos hemos creado a lo que consideramos nuestra imagen y semejanza. Un enorme escaparate virtual que indica todo lo que se tiene, se quiere y se debe saber, y lo que no también. Es de lo más fácil saber la música que le gusta a alguien, dónde estaba el viernes pasado, a qué ofertas se ha inscrito, cómo se llama su gato y la cara que puso cuando le dieron un regalo de cumpleaños en 2010. Ahí está todo, nuestro diccionario enciclopédico personal. Ya no tiene gracia conocerse poco a poco. Está pasado de moda dedicar cierto tiempo a leer algo cuando puede comprimirse en ‘x’ caracteres. Paradójicamente, en tiempos de emprendedores está mal vista la más personal de las inversiones, y ay de aquel que ose escribir una carta manuscrita para alegrarte el buzón, recordar un número de teléfono de memoria, preguntar cómo se llega a algún sitio sin navegador móvil o llamar desde una cabina de teléfono. Hemos creado una generación en la que un grupo de música con dos álbumes considera tener “clásicos” o grandes éxitos entre sus temas y cualquier cosa queda obsoleta pasada unos meses.

Es decir, que a más información (y aquí hay que puntualizar que hablamos de más cantidad, mayor actualización y mayor variedad), menor valoración real de las cosas. Porque nunca más fue mejor por necesidad. Los conceptos de lo anticuado se aplican a partir de los conceptos de lo moderno. Lo moderno es el e-book, que no está mal (para gustos, los colores), salvo porque se pierde el olor de los libros y el afán conservacionista de éstos. Lo moderno es la fotografía digital, que no está mal, salvo porque se pierde la naturalidad de una foto movida, la sorpresa de la foto inesperada y la intriga de cuántas saldrán de entre todas las realizadas. Lo moderno es el e-mail, que no está mal, salvo por la frialdad de un texto con tipografía determinada y salvo por la dedicación que requiere una carta escrita a mano sin tecla de borrar. Una y otra vez, todo lo que nos rodea requiere de una innecesaria (a menudo bastante inútil) actualización a corto plazo. Es por ello que, ante una oferta de trabajo como periodista y escritora, me encuentro con una demanda imposible de programas informáticos y redes sociales a las que uno debe estar adscrito. Facebook, Twitter, LinkedIn, Instagram, Flickr, Tumblr. Si no estás ahí, es como si no existieras. “¿Me envías esto por WhatsApp?”… “Pásamelo por Facebook”… “¿Que no sigues a fulanito en Twitter?”. Este tipo de conversaciones son una constante al hablar de trabajo. Sigo a la espera de que alguien confirme que, como periodista, sé realizar una entrevista, escribir una noticia, preparar un reportaje, hacer una reseña, elegir un buen encuadre de foto o crear un buen vídeo (eso el programa no lo enseña). Sigo a la espera de que, como escritora, alguien me diga que es suficiente con escribir correctamente, ser creativo, tener una buena idea y llevarla hasta el final, y que si es bueno será un producto cultural en el mercado del mañana. Al parecer, todo eso no importa, nadie se lo cuestiona. Lo importante ahora es estar en todas partes, engullir todo tipo de información sin procesado y fingir que ése que uno muestra es uno mismo y no quien quiere ser o quien cree ser. Mostramos versiones edulcoradas de nosotros mismos. Nos hemos adulterado. El mosquito cojonero de la información nos ha vencido y, tras pelear con él, le hemos cedido la cama y hemos terminado durmiendo en el sofá.

Puede que sí, que esté fuera de onda (el colmo del periodista) pero ahí sigo, peleando por cada tilde, ajustando cada locución, creando nuevos personajes y nuevas historias porque ésta no me gusta.

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