La culpabilidad del parado

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

El lenguaje es un impostor que se cuela en nuestro discurso al abrigo de un argumento válido cuando caen chuzos de punta. Se debe estar muy atento para no terminar aceptando como válidos términos inapropiados en contra de la realidad y de nuestro criterio. Uno de esos términos malditos del castellano es la palabra ‘parado’ como sinónimo de desempleado.

Se entiende así al sujeto que está inactivo, fuera de una onda social expansiva de movimiento laboral. Sin embargo, cualquiera que haya estado sin trabajo coincidirá en que no existe una tarea más tediosa que la búsqueda de empleo y que resulta tan necesario como frustrante el acuerdo entre el ineficaz servicio de empleo estatal y los agentes inaccesibles del sistema privado.

No se habla de la culpabilidad del parado, ésa que, a la contra de quienes sacan el dedo a pasear y señalan las decisiones ajenas, sufren quienes están en continuo movimiento sin obtener resultados. De hecho, surge a raíz de una exhaustiva indagación en la red, de múltiples visitas a las agencias de empleo, de los envíos masivos de emails y de intentarlo todo una y mil veces teniendo en cuenta cada idea y sugerencia aportada que pudiera servir. Al silencio del teléfono y la ausencia de contestación, a los rechazos a través de la pantalla y los sellos en el justificante de demanda, sigue la culpa, la sensación de no haber hecho algo bien en el pasado o de no estar haciéndolo en el presente. Un enemigo que lucha a cara descubierta. No son pocos los trabajos que el parado tiene que rechazar porque no logra que las cuentas cuadren; el mismo número  que simboliza las veces que se pregunta a sí mismo si estará haciendo lo correcto. ¿Cómo rechazar un trabajo si estamos desempleados y llevamos meses, e incluso años, esperando esa oportunidad? Es sencillo. Perder una prestación o la antigüedad en el INEM (hoy SEPE) por un trabajo de cuatro horas semanales es del todo contraproducente. Pero eso nadie te lo explica.

Y cuando pasa el tiempo, empeora; es un hecho. Ya no puedes acudir con alegría a una entrevista (milagro entre los milagros si la consigues). Deberás plantearte cómo pagar el transporte para desplazarte hasta allí y dónde imprimir un currículum a módico precio. Tampoco puedes decir que acabas de quedarte sin empleo porque no es cierto. Y, por algún motivo que no alcanzo a determinar, surge también una extraña vergüenza. Ya no sabes qué confía oír el entrevistador o qué sería justo admitir cuando preguntan qué esperas de ese trabajo. Aprendes, por tanto, que todo es una danza, una farsa, que no basta con serlo sino que además debes parecerlo.

No comprendes que cualquier cosa sea mejor que nada y esto también te hace sentir culpable porque esa afirmación encierra un espíritu de axioma con sentido común, pese a que hayas aprendido que no es cierto y que muchas de las supuestas vacantes que proliferan en los tablones de empleo a modo de gran ocasión serán sinsentidos que, de no andarte con ojo, te harán perder aquello que no puedes permitirte: el dinero, y la prestación si la cobras.

La televisión y los medios también te quitan la razón. Se puede ser un auténtico estafador y vivir del cuento. Se puede. Se puede ganar dinero y vivir sin dar palo al agua. Puedes, por ejemplo, ser concursante en un reality, un político corrupto, un ladrón moderno de guante blanco sin prejuicios ni pudor. Poderse se puede, es cierto. Pero no estás dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero, lo que te honra pero no sientes que te exima. Por eso siempre parece que nada es suficiente, porque todo es una trampa; una losa en medio de la jungla asfáltica que siempre conocen quienes se han visto obligados a tragarse su amor propio, sus convicciones, su integridad; una trampa para quienes aceptan que los años invertidos no siempre dan sus frutos o que uno puede plantar olmos por doquier para que le terminen pidiendo peras; una prisión, en definitiva, para quienes tienen que aceptar que su vida se ha visto reducida a la pura supervivencia.

Así se acabaron los sueños. Así educamos a nuestros hijos, diciéndoles que podrán ser lo que quieran, que todo es cuestión de esfuerzo, que no lo consiguen quienes no lo intentan y que, quienes lo hacen, obtendrán su recompensa. Así, mintiendo.

Anuncios

Deja un comentario / Leave a comment

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s