Lo moderno

Lo moderno se lleva, se palpa, se busca. Y esta búsqueda de la modernidad es lo que realmente preocupa en un momento en el que lo moderno es ante todo una reinvención, el eclipse parcial de un tiempo no tan lejano. Lo moderno ya no es nuevo.

Como esas prendas viejas que se re-etiquetan, se aprecia un intento de segundas partes en un afán comercializador y poco sincero. No se trata de homenajes a un pasado mejor ni copias malogradas que evidencian su impostura. Esta nueva modernidad deja tiritando cualquier tributo sofisticado. Hablamos de secuelas de lo extraño y lo bizarro envasadas para el fácil consumo y dispuestas en las estanterías de un siglo nuevo algo avanzado en años.

Por estas fechas, en el siglo pasado ya había comenzado la Primera Guerra Mundial y faltaba poco para la caída de los grandes imperios, el cine daba sus primeras muestras como séptimo arte, el mundo entero comenzaba a sucumbir a una revolución en ciernes. Desde entonces ha llovido, sobre todo tecnología, pero los cambios a gran escala demuestran deficiencias. Las grandes desigualdades siguen pastando a sus anchas y los poderes y su concéntrica red de redes han variado poco, mal o nada. El planeta se ha convertido en un lugar pequeño y lejano. Las calles de Haití parecen estar aquí al lado pero África es otro continente.

Parecería demagogia (estaría bien que lo fuera) si no tuviéramos entre manos el futuro inminente de todo lo que nos rodea y el de nuestra propia especie. Por eso escandalizan la inversión en Defensa y la ausencia de compromiso en Educación, los discursos manidos retransmitidos por las repetitivas cadenas privadas y públicas, la cama que nos hacemos y en la que dormimos placenteramente. Todo rezuma cierto olor a naftalina aireada, a viejo equivocado y nuevo a cualquier precio. No se salvan las zapatillas deportivas con cuña incorporada, los mensajes virales como cartas de las que pende el destino o la coalición de enemigos cuando vienen mal dadas.

Así tomado es como despertar de un mal sueño en un mundo post-apocalíptico en el que no queda nada bueno del pasado pero sobreviven la chatarra que nos devuelve el espacio, las cucarachas colosales y el medio limón seco de la nevera.

¿Qué hacemos con esto? La cuestión no es -resulta evidente- quedarse con lo puesto. La duda que me perturba parece más inquietante: ¿Volverá aquello de lo que tanto costó deshacernos?

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