De un joven a su amigo

Cartas - Letters, Narrativa - Narrative

¿Sabes todas esas cosas estúpidas de las que nos reímos siempre sin esfuerzo? Siguen sucediendo. Las señoras siguen utilizando esa especie de bolsa en la cabeza cuando salen de la peluquería y está lloviendo y corren a saltitos, la gente se resbala y se cae de culo en las aceras, los periódicos manchan pero se siguen vendiendo, lo que resulta incomprensible, igual que lo de peinarse si va a llover o lavar el coche ese día. Llueve. Sin novedades.

Dijiste que las cosas cambiarían pero nada ha cambiado. Te escribo como hacían las enamoradas del Romanticismo; estarás contento, mamón. Puedo imaginarte a carcajada limpia. Tampoco me has dejado más opciones, la verdad. Si no tienes internet ni sabes dónde estarás, supongo que un apartado de correos es lo que hay.

Nada ha cambiado como te decía. No sé si eso es bueno. Siento que debería de estar haciendo algo. Tal vez hacer como tú y marcharme a alguna parte. ¿Dónde dices que estás ahora? Creo que tu última carta era de Camboya pero ya sabes que soy un desastre, las tengo todas apiladas en esa montaña de papeles que se ha adueñado de un rincón de mi estudio junto a la vieja guitarra que finalmente he aceptado que jamás aprenderé a tocar. Otra cosa que no cambia, mi estudio. No sé si resulta el lugar más seguro del mundo o el más aburrido, puede que ambas cosas. Hace mucho que no pasa nada interesante entre estas cuatro paredes. ¿Recuerdas aquella borrachera absurda con el vino de las comidas de mi madre? Qué resaca tan estúpida y, joder, qué divertida. ¿Cuándo fue eso? ¿Hará dos o tres años? Yo qué sé.

Pues ésa es la última vez que recuerdo haber hecho algo interesante aquí dentro. Patético. Luego decidiste marcharte y, desde entonces, aunque no ha cambiado nada, sigo donde estoy pero siento tu ausencia. (¿Ves las cosas que me haces decir? “Siento tu ausencia”. Espero que jamás tengas el valor de echármelo en cara pero sé que lo harás en cuanto nos veamos, sea cuando sea. No repito ni tacho por no emborronar la carta ni volver a escribirla de nuevo; es la tercera vez que lo intento, así que así se queda. Y porque… ¡Qué coño! Es la verdad, te echo de menos, y tampoco nos hemos mentido nunca).

Ayer sucedió algo curioso. Vi arremolinarse, como suele suceder en esta época, a los turistas en Trafalgar Square buscando a los diferentes guías de sus grupos con esos banderines ridículos que les ha dado por llevar. Ya sabes la gracia que me han hecho siempre los turistas, en especial los japoneses por su afán por hacerle fotos a todo. Ahora esta costumbre se ha extendido en internet. Fotos a un pie, fotos a un sándwich… como si sus vidas fueran tan especiales que necesitaran un seguimiento continuo.

En fin, a lo que iba. Estaba en el techado de la puerta de la National Gallery y observé a una chica entre los diferentes grupos. Fue fácil dar con ella porque llevaba una gabardina (¿O era un abrigo? No me fijé bien) de color rojo. Y entre tanto turista, tanto paraguas y tanta lluvia, allí estaba ella mojándose. Un borrón rojo que giraba sobre sí mismo. Al principio me pareció algo estúpido que estuviera allí empapándose, algo pensado para llamar la atención de quien estuviera tan aburrido como yo. Además, mojarse en Londres no tiene nada de extraordinario. Empezó a dar vueltas con la cara hacia el cielo, los brazos junto a su cuerpo y los ojos cerrados. Daba la impresión de haber estado viviendo toda una vida en el desierto y que la ansiada lluvia cumpliera algún tipo de plegaria tardía. Sonreía. No es que la imagen tuviera nada especialmente deslumbrante, ni siquiera me fijé bien en su expresión (apenas la recuerdo), ni en su figura, ni en si se marchó con alguno de esos grupos de turistas, aunque voy a suponer que fue así porque, cuando se dispersaron los paraguas y cesaron algunos flashes molestos de los móviles, intenté encontrarla pero la plaza estaba asolada y sólo quedaban la famosa uente y los monumentos de siempre.

No sé por qué te cuento esto. Quizás porque es lo más interesante que ha sucedido en semanas. Una gabardina roja, una sonrisa bajo la lluvia y nada más. Definitivamente cualquier cosa me entretiene porque sigo pensando en ella.

Y aquí me despido, se me pira la pinza. Cuéntame algo y responde pronto. Los cambios son siempre bienvenidos, ya lo sabes. Por eso te marchaste, ¿no es así? Aún sigo esperando que cambies de opinión y me lleves contigo. Sé que no vas a volver; no por el momento. Tampoco te culpo. ¿De qué color son los borrones del lugar en el que andas?

 

L

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