La espera

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Hay personas que se cuelan en nuestro pensamiento sin pedir permiso. Invasores inesperados que acuden a una cita no concertada. No sabe uno qué hacer en estos casos, así que te pones a pensar y el visitante gana (“todo lo ocupas tú”, que decía Neruda). En cierto modo son virus que portamos, que despiertan del letargo y nos recuerdan su presencia en un cuerpo que en parte les contiene como extraños. Uno no sabe si les recuerda o imagina, ni cuánto hay de verdad o de figuración o cuál de los dos estuvo dormido para el otro. Así que volvemos a acostumbrarnos a que aparezcan.

Resulta agradable hablar mentalmente con alguien que no sea uno. Van pasando los ratos a solas, los trayectos en metro, los momentos de espera… en tu cabeza todo transcurre con una normalidad que el resto ignora. En un instante cualquiera su ausencia comienza también a repetirse, y ya nunca le piensas ni te enfermas; se te hace raro estar de nuevo contigo mismo. Ya no te invade siquiera un atisbo del otro. Te das cuenta entonces de haberle creado de la nada, que nunca te acompañó ni supo de vuestras conversaciones.

Y, entre tanto, el otro sigue creando nuevos recuerdos en tu sistema para que un día de nuevo le pienses, y que una noche como hoy le escribas.

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