Oiga, oiga. Sin faltar.

Las tildes, ésas grandes olvidadas. Como sucede con algunas personas que conocemos de pasada, las tildes ni siquiera son recordadas por su verdadero nombre (‘tilde’) y se las confunde, en no pocas ocasiones, con esa amiga de la que suele ir acompañada (‘acento’). Pobre tilde… Pero no está sola, ni siquiera es especial. Las hay y los hay que son menos tenidos en cuenta, como la triste diéresis, casi obsoleta, un signo ortográfico de saldo, unas gotitas que no calan… como el chirimiri.

A nadie se le ocurriría negarle a la ‘ñ’ su pequeña ceja fruncida -virgulilla para los estirados- porque dejaría de ser lo que es. ¿Y en qué se convertiría entonces? ¿En una ‘n’? ¿En esa ‘m’ incompleta, esa ‘u’ a la inversa?.

Volviendo a la tilde, las diferencias se hacen más que evidentes (véase un te quiero y un té quiero, como si no hubiera distancia entre declarar tu amor o pedir una infusión, por más que ambos calienten).

Supongo que en un día incierto el ser humano aprendió el concepto de errata y ahora nada se considera una falta. Eufemismos para los errores (¡ay!) como tantos otros hay por ahí.

Cada cierto tiempo surge el debate: que si no es importante tildar las mayúsculas, que si las tildes deberían obviarse… y muchos profesores de universidad, esos educadores expertos en materias elevadas, ya han dejado clara su postura. Les da absolutamente lo mismo. He aquí de puntualizar que la profesora Carlota Coronado de la Universidad Complutense de Madrid es la única excepción que he encontrado en este sentido. Más de tres faltas de ortografía en un examen suponen un suspenso, lo que, en mi opinión, es como debe ser (y no como debe DE ser, que asegurarán muchos). Algo no quedó claro en las lecciones de los cuadernillos Rubio, las tardes magistrales de Barrio Sésamo o las muchas veces que nos hicieron copiar en el colegio, está claro. Y no es solución alguna bajar el listón para que se unifique el lenguaje. El empobrecimiento de una lengua no puede sostenerse con argumentos de peso.

No podemos reírnos de la incompetencia de quienes no dominan un idioma extranjero si no controlamos los entresijos de la lengua propia, así como no puede avergonzarnos consultar mil diccionarios, enciclopedias, glosarios y cualquier otra fuente de consulta para resolver nuestras dudas. No podemos entender tampoco que el ‘If’ de R. Kypling no habla del ‘sí’ sino del ‘si’, de las opciones y no de las afirmaciones. No es afán de dar lecciones lo que se pretende cuando se apela a la ortografía (que, dicho sea de paso, siempre está en constante cambio y proceso de aprendizaje); va más allá. Es, a mi juicio y mi intención, una reflexión sobre la ausente valoración de un lenguaje como el nuestro, rodeado de enemigos que defienden su extinción desde las supuestas filas amigas.

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