Y el sueño que vendrá

Opinión - Opinion, Periodismo - Journalism

Ah… los deseos, ese ansia inconquistable del alma que surge cuando no es solicitada. Se obvian, se magnifican, nos delatan, se multiplican en cientos según se realiza alguno.

Codiciamos tanto que no es posible no tener apetito. La ambición nos ciega, construye un futuro imaginario en ocasiones irrealizable para que siempre soñemos, para no dejar de soñar nunca. Queremos el vicio severo, la pasión constante, el amor que no se derrite y así olvidamos el castigo, las consecuencias y el calor que tarde o temprano reaparecen en la realidad inmediata. Los deseos cambian y nos cambian, nos tienen a su merced sin compasión incluso cuando deseamos no desear, cuando soñamos no haber soñado. Las aspiraciones mutables.

¿Y después? ¿Qué es de esos sueños realizados que sin más nos los cumplieron? Los deseos que se cumplen acaban a veces en penas, nos apartan sin condición de este mundo aparente, terriblemente extenso, perturbadoramente solitario.

Por eso, a los que sueñan, sueñen para adentro. Así, tan sólo. Ni siquiera lo piensen.

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